El 22 de mayo marca un día clave para el planeta: el Día Internacional de la Diversidad Biológica. Más que una efeméride, representa un llamado global a la acción ante la urgencia de proteger la red de vida que sustenta la existencia humana y de millones de especies.
Proclamada por las Naciones Unidas en el año 2000, la fecha busca concienciar sobre la importancia de conservar la variedad de seres vivos, ecosistemas y recursos naturales, en coincidencia con el aniversario del Convenio sobre la Diversidad Biológica de 1992.
El objetivo, lejos de ser simbólico, es movilizar a la sociedad hacia la restauración, el uso sostenible y la participación justa en los beneficios de la riqueza genética que nos rodea.

La biodiversidad no es solo un inventario de especies. Es el resultado de miles de millones de años de evolución y de una compleja interacción entre procesos naturales y actividades humanas.
Desde los bosques tropicales hasta los desiertos, desde los océanos hasta los polos, la vida se organiza en patrones que sostienen el equilibrio ecológico, la provisión de alimentos, energía y hasta los servicios esenciales como el agua potable y el aire limpio. Sin embargo, este entramado vital enfrenta una crisis sin precedentes.
“La biodiversidad está disminuyendo más rápido que nunca. Tres cuartas partes del entorno terrestre y aproximadamente el 66 % del entorno marino se han visto significativamente alterados por la acción humana. Un millón de especies animales y vegetales se encuentran actualmente en peligro de extinción”, advierte la ONU.

La importancia de la biodiversidad se revela no solo en la belleza y variedad del mundo natural, sino en sus funciones esenciales para la supervivencia humana. La desaparición de especies y la degradación de ecosistemas no es un fenómeno aislado: afecta la seguridad alimentaria, el acceso al agua potable y la estabilidad de los sistemas de salud.
Cada pérdida implica una disminución en la capacidad de los ecosistemas para absorber el impacto del cambio climático, regular las temperaturas, filtrar contaminantes y sostener la vida en su conjunto.
“La pérdida de biodiversidad nos afecta mucho más de lo que a veces imaginamos, porque no se trata solo de perder especies: también perdemos los beneficios y servicios que los ecosistemas nos brindan todos los días. La biodiversidad está directamente relacionada con la seguridad alimentaria, la salud y nuestra calidad de vida. De los ecosistemas sanos dependen la polinización de cultivos, la fertilidad de los suelos, la calidad del agua, la regulación del clima e incluso muchas fuentes de medicamentos que utilizamos actualmente”, explicó a Infobae la bióloga Alicia de la Colina, especialista en conservación de Fundación Temaikèn.
Y agregó: “Pero además, este impacto no se distribuye de manera igual. Aunque todas las personas dependemos de la biodiversidad y de los servicios que brindan los ecosistemas, las comunidades más vulnerables suelen ser las primeras y las más afectadas por la degradación ambiental, porque cuentan con menos recursos y herramientas para enfrentar crisis como sequías, inundaciones o la pérdida de productividad de los ecosistemas. Muchas veces pensamos la biodiversidad como algo ajeno, pero en realidad está presente en casi todo lo que hacemos y consumimos. Cuidarla no es solamente proteger la naturaleza: también es cuidar la salud, el bienestar y las oportunidades de millones de personas”.
Manuel Jaramillo, director general de Fundación Vida Silvestre Argentina sostuvo que la amenaza de extinción para un millón de especies animales y vegetales, en la cual se encuentra el planeta, tiene diferentes causas.
“Una de ellas, principalmente, es la pérdida de hábitat, que ocurre cuando transformamos la naturaleza para ambientes de producción, principalmente agrícola, ganadera, también para urbanizaciones. Es por eso que la restauración de los ecosistemas es un elemento central para quitar de esta amenaza a muchas de estas especies que todavía tienen chances de volver a tener un punto de inflexión positivo en sus poblaciones”, indicó.

“Algunos ejemplos interesantes que quizás han tenido que ver con restauración activa y pasiva, pueden ser, por ejemplo, el caso del panda gigante en China, que logró recuperar significativamente su población junto con la restauración de corredores, de creación de áreas protegidas, de plantaciones de bambú, que es su principal alimento. Otro ejemplo más local, en el cual la Fundación ha participado, es la recuperación de la ballena franca austral, que llegó a tener no más de trescientos individuos. Hoy, en las temporadas de ballena, en la Península Valdés, se cuentan entre dos mil y tres mil individuos que demuestran una restauración natural indirecta, podríamos decir, justamente cuando se quitó la presión de caza”, agregó.
Jaramillo destacó también el aumento de la población de yaguaretés en la provincia de Misiones, que ha sido monitoreada desde el año 2008 por un grupo de científicos del proyecto Yaguareté, con apoyo y financiamiento parcial de la Fundación Vida Silvestre Argentina. “Eso nos ha mostrado que cuando se restaura el control de vigilancia, cuando se implementan más y mejores áreas protegidas públicas y privadas, cuando se realizan acciones de educación ambiental, cuando se restaura el ecosistema de esta forma, las especies responden positivamente y recuperan poblaciones que muchas veces están en alto riesgo de amenaza”, detalló.
Por último, Jaramillo mencionó un caso en desarrollo, que es la situación del puma en la provincia de Buenos Aires. “El puma está volviendo con mucha fuerza en la provincia de Buenos Aires, principalmente porque hay menor cantidad de gente que vive en el ámbito rural, porque ya la caza no es una actividad tan común. Además, ya no se caza el coipo, no se caza el zorro. Y eso le ha entregado al puma una mayor oferta de alimentación natural que ha permitido que la población se recupere fuertemente al punto tal de que es noticia frecuente lamentables atropellamientos de pumas en rutas o también la presencia de pumas en ambientes periurbanos”.
Desde Mundo Marino, precisaron a Infobae la importancia también de la diversidad biológica marina: “El mar argentino es uno de los ecosistemas más ricos del planeta, y cada especie que lo habita cumple un rol en su equilibrio. Cuando una especie desaparece o declina, esa red se resiente en cadena. Desde la Fundación Mundo Marino lo vemos de forma concreta: trabajamos con tiburones como el Gatopardo y el Escalandrún, con pingüinos magallánicos, tortugas marinas, lobos marinos y otras especies que son indicadoras del estado de salud del océano. Su vulnerabilidad nos habla del estado del ecosistema del que también dependemos las personas; para la pesca, el turismo, la regulación climática y la provisión de alimentos”.
Y afirmaron: “La biodiversidad se conserva o se pierde en territorios concretos. Desde 1987 rescatamos y rehabilitamos fauna marina afectada en el Mar Argentino, y esa acción local acumula conocimiento que hoy compartimos con instituciones de toda la región, desde Chile hasta el Caribe. Hemos presentado más de 250 trabajos de investigación y capacitado a profesionales nacionales e internacionales y organismos gubernamentales. Ninguna política global funciona sin organizaciones que estén en el territorio, respondiendo emergencia por emergencia, construyendo datos y formando comunidades que cuiden lo que tienen cerca”.

El Día Internacional de la Diversidad Biológica es, sobre todo, una invitación a transformar la forma en que nos relacionamos con la naturaleza. No se trata solo de evitar la extinción de especies, sino de garantizar la supervivencia y el bienestar colectivos. “Si perdemos esta riqueza, nuestra propia existencia, no solo como civilización, sino como especie, corre peligro. Los humanos nos convertiremos en la última especie en peligro de extinción si continuamos por este camino”.
La UNESCO lidera esfuerzos para restaurar la relación entre las personas y la naturaleza, apostando por proyectos que regeneran ecosistemas, fomentan la armonía y potencian el rol de las nuevas generaciones.
Los sitios de Patrimonio Mundial, las reservas de biosfera y los geoparques designados por la organización cubren el 6% de la superficie terrestre y funcionan como modelos de integración entre conservación y desarrollo sostenible. En Argentina, los Parques Nacionales conservan muestras representativas de 18 ecorregiones, lo que convierte al país en uno de los más diversos del planeta.
La participación de la sociedad civil es crucial. Organizaciones y comunidades en todo el mundo promueven actividades de restauración, educación ambiental y cuidado de ecosistemas.
Desde Fundación Temaikèn, sostienen que la conservación de la biodiversidad no ocurre solamente desde un escritorio: sucede en territorios concretos y necesita del compromiso de las personas que viven, trabajan y toman decisiones en esos lugares. Los grandes desafíos ambientales parecen globales, pero muchas de las soluciones empiezan a escala local.
“A veces pensamos la conservación como algo lejano o exclusivo de áreas protegidas, cuando en realidad las decisiones cotidianas sobre cómo producimos, consumimos o usamos el territorio tienen un impacto enorme sobre los ecosistemas. En nuestra experiencia, los proyectos más exitosos son los que se construyen de manera colaborativa. Por ejemplo, en el trabajo que realizamos para la conservación del aguará guazú, el vínculo con comunidades locales, productores y organismos públicos es clave para reducir amenazas, generar información y promover la convivencia con una especie que habita paisajes productivos”, remarcaron.

Para Mundo Marino, la restauración empieza por recuperar individuos: cada animal que rehabilitamos y devolvemos al mar es un eslabón que vuelve al ecosistema. En los últimos meses, once pingüinos magallánicos regresaron al océano luego de meses de tratamiento, gracias al trabajo coordinado de veterinarios, cuidadores, voluntarios y estudiantes.
«También trabajamos en la generación de conocimiento estructural: implementamos seguimientos satelitales en tortugas marinas y creamos un banco de germoplasma para asegurar la continuidad de las especies en el tiempo. Estos no son gestos simbólicos: son herramientas concretas de conservación que contribuyen a que las poblaciones se sostengan y recuperen”.
Los impactos sobre la diversidad biológica llegan a niveles insospechados. “Alrededor del 40 % de los medicamentos modernos provienen de plantas de la selva tropical. Esta es una estadística impresionante si consideramos que solo el 5 % de las especies de plantas amazónicas se han estudiado por sus posibles beneficios medicinales”.

Incluso especies tan singulares como los perezosos pueden esconder secretos valiosos. Investigadores que analizaron los hongos presentes en el pelo de estos animales “descubrieron una amplia gama de actividades de estos hongos contra los insectos que causan la malaria y la enfermedad de Chagas, así como contra las células de cáncer de mama humano”. La posibilidad de que el pelaje de un perezoso o los millones de especies de hongos aún no identificadas alberguen curas para enfermedades graves resalta lo mucho que falta por conocer y valorar.
La pérdida rápida de biodiversidad fue declarada el año pasado como una catástrofe comparable al cambio climático. Las soluciones no serán simples ni inmediatas, pero el primer paso es reconocer el valor incalculable de cada especie y cada ecosistema.
El Día Internacional de la Diversidad Biológica recuerda que el equilibrio y el futuro de la humanidad dependen de una decisión colectiva: reconectarnos con la naturaleza, restaurar lo dañado y construir un porvenir sostenible para todos.
por INFOBAE

